martes, 5 de abril de 2011

91. UN POCO DE POLITICA

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Como en tantos otros pueblos españoles, en la Anguciana de los años cincuenta y sesenta no se hablaba de política, no había política, o parecía no existir la política. Una terrible guerra aún muy cercana en el tiempo había creado un silencio, un miedo, o un respeto hacia la política que los jóvenes y adolescentes no podíamos comprender muy bien. Hasta tal punto había llegado la cosa que yo tenía por “política” a una virtud en la que según mi madre yo no parecía ser muy diestro: cuando por terco o cabezota trataba de imponer mi modo de pensar a los demás ella me decía que yo no era nada político, y con eso me quedé. No es mala idea que la política sea una virtud pero pronto la olvidé, porque con la muerte de Franco volvió la política al pueblo, o mejor dicho, volvieron la democracia y la elecciones, y la política empezó a ser todo eso de la pelea de los partidos por hacerse con el poder. Una pelea que empezó a desacreditar a la política y, por supuesto, a hacer aún más obsoleta aquella vieja  idea de que "ser político” no es otra cosa que ser modesto, hábil, dialogante, paciente y respetuoso con el otro, es decir, ser listo y buena persona a la vez. 



La fotografía de las “fuerzas vivas” que puse hace un par de post, demuestra, claro está, que en aquellos años también había algún tipo de poder en el pueblo: el alcalde, los concejales, el alguacil, el juez de paz, y el secretario. Un pequeño grupo de hombres encargados de los asuntos de todo el pueblo. En aquel entonces, el Gobernador Civil designaba al alcalde, y el propio alcalde tenía que buscarse los colaboradores para formar concejo. Pero eso no significaba ni mucho menos que la unidad de criterios en el Ayuntamiento fuera total. Más bien todo lo contrario. Al alcalde de aquella foto, Blas Santa Cruz, le sucedió mi padre, y de aquella época tengo el recuerdo de las grandes diferencias que había y de las tremendas discusiones que a menudo tenía con sus propios colaboradores en el Ayuntamiento que presidía. Mi madre lo pasaba tan mal con aquellas disputas, que si ya era grande su desafecto por la política aún se incrementó más. Y lo gracioso de aquellos años es que... para mucha gente que me conoció en aquella época, entre ellas mi mujer, yo era el “hijo del alcalde” y con ese título me quedé.

Las primeras elecciones municipales, las de 1979, me pillaron ya casado y viviendo lejos de Anguciana y así una tras otra hasta la actualidad. Justo justo he conseguido saber los nombres de los alcaldes que ha habido en democracia, Pascual Peña, Carjosán, Armando, Pablo Agüero, Pepito y Jorge Loyo (creo que no me dejo ninguno), y poco o nada me ha interesado saber ni el partido por el que se habían presentado. Vistos desde el pueblo, los partidos políticos son esa casta de aspirantes al poder de la capital que andan no ya debatiendo diferencias sino descalificándose y hasta insultándose un día sí y otro también. Si eso es la política, si eso es aquella virtud de no ser terco y de ser respetuoso con el otro, que venga Dios y lo vea.

Si cuento todo esto, es porque desde hace tres o cuatro años, cada vez que me arrimo por Anguciana y caigo entre los amigos de la cuadrilla de los Mismos, a los tres hermanos Carpo les da siempre por pedirme que me presente a alcalde de Anguciana, que me presente a las elecciones. No sé qué diablos habrán visto en mí, pero como ni el poder ni las peleas de los partidos nacionales me interesa lo más mínimo, supongo que lo que ven es que con el paso de los años igual ya no soy tan terco o tan poco político como lo era en mi juventud y que quizás pudiera hacer algo por la vida democrática del pueblo y por el mismo pueblo.

Andamos en ello estos días a ver si sale una candidatura, a ver si nos entendemos sobre lo que podríamos aportar al pueblo, a ver si acertamos en dar con el modelo de debate político más sencillo y enriquecedor para todos,  a ver si nos aclaramos con nuestra independencia, nuestras diferencias, nuestros afectos de vecinos y con la cobertura de esos partidos que se pegan en la capital pero que tenemos que aceptar aquí como parte del juego democrático.

Obviamente no puedo contar mucho. Todo lo más que dada mi lejanía del pueblo en ningún caso puedo aceptar el honor de ser alcalde y que lo más que podría hacer ahora es ayudar desde una concejalía. Tampoco me he planteado si esa posible participación en el proceso electoral  afectará a la continuidad de este blog tal y como lo vengo haciendo, pero como en todo caso el secretismo no es lo mío, prefiero que los lectores que vienen por aquí a compartir mi cariño por el pueblo lo sepan de primera mano.



(la foto que encabeza este post es de mi padre ejerciendo de alcalde sobre el kiosko de la plaza y con la vara en la mano, en un homenaje que se le tributó a don Julián Cantera y Orive como hijo predilecto del pueblo. Tras él está su primo Joaquín Angulo que debió de ser uno de sus mejores colaboradores, y un poco más allá, Angel, el secretario, en un gesto suyo muy característico con el cigarro en la mano).
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