miércoles, 17 de noviembre de 2010

77. MI PADRE

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“Nace al mundo en un pueblecito de un lugar de España, llamado La Rioja, hijo décimo (el pequeño) del matrimonio de Francisco y Dolores, el 16 de julio de 1916, cuando el mundo se debatía en la Primera Guerra Mundial. Sus padres eran los pequeños de sus familias: Francisco, nieto del último Señor de Anguciana, título de reconocimiento real desde el siglo XIV y extinguido en el siglo XIX por ley, y Dolores, de familia de hidalgo (hijos de algo) procedente del cercano pueblo de Foncea. Unidos tuvieron diez hijos, de los que llegaron siete a edad adulta, María, monja carmelita en Tarazona; Pablo, médico oculista en Lugo; Antonio, abogado; Pilar, hacendada; Justo, abogado y militar; Pedro Pablo, militar, y Carmelo, yo, también militar. Esta familia se desarrollaba viviendo del rendimiento de la tierra que poseían, huerta, cereales, y principalmente viñedo, que rendía para posibilitar las estancias de los hijos en colegios internos y ulteriormente en universidad.
Al término de la Guerra Europea, del 1914 a 1918, la economía mundial y española fue deteriorándose y los productos del campo, especialmente el vino, despreciados, llevando la economía familiar a situaciones precarias en las que se desarrolló mi niñez.”

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Hoy, 17 de noviembre del 2010, a las diez y media de la mañana, ha muerto mi padre, y con él, toda una época y miles de sus historias. Algunas he podido rescatar y compartir en este blog, pero otras muchas se han apagado para siempre cuando ha cerrado definitivamente sus ojos. Hace quince años, cuando todavía tenía el pulso firme y buena letra, le estuve animando (insistiendo más bien) a que escribiera sus memorias, pero no hubo forma. El siglo XX fue un siglo muy duro y ahora me arrepiento un poco de haber querido obligar a un hombre viejo a recordar sus muchas tristezas. Pero cinco años después, mi hija Elena cogió el testigo y le volvió a pedir que le fuera contando su vida mediante cartas. Consiguió que le escribiera unas cuantas páginas de su vida, y  la primera de ellas es la que he reproducido arriba. Creo que es el mejor homenaje que le puedo hacer en el día de hoy. O seguramente el único, porque, como es natural, en estos momentos no me salen otras palabras que las suyas.

(En la foto familiar, mi padre es el pequeño que está en el regazo del suyo. Es curioso, pero parece tener la misma mirada perdida que ha tenido en estos últimos días de larga agonía que hemos vivido junto a su lecho. Noventa y tantos largos años de vida median entre ambas. Algunas de sus miradas están ya en este blog, y algunas otras que aún guardo en mi memoria o en mis papeles espero seguir contándolas aquí, porque es sin duda la mejor manera que se me ocurre para continuar y perpetuar el amor que siempre tuvo él por su pueblo).   
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