domingo, 10 de mayo de 2009

51. EL DERRIBO DE LAS ESCUELAS

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En la primavera del 2008 escribí los 50 primeros post de este blog casi de una tacada y como es normal, me cansé y preferí darme un descanso antes de continuar. Pero han pasado muchos meses sin que me pusiera a ello y ha tenido que llegar otra primavera para que me anime a seguir colgando post, -como si estas cosas del recuerdo más que con el otoño me vinieran con el empuje de la savia nueva.

También me interesaba ver cuál podía ser la acogida de lo escrito, y por lo que he podido deducir, las fotos interesan más que mis textos. Alguna vez he comentado que a mí las fotos sólo me importan para pensar en los cambios de la arquitectura y de la vida en el marco de un pequeño pueblo como Anguciana, y en ningún caso para provocar nostalgias ni crear costumbrismo barato, como acostumbran a hacer abundantemente los periódicos locales.

Fiel a mi línea pues, seguiré poniendo fotos para comentarlas a mi manera, aunque eso sí, procuraré no empacharme como el año pasado y escribir más espaciadamente.

Para reiniciar la segunda parte de este blog, traigo hoy aquí las cuatro fotos que hice el día en que se derribó el edificio de las Escuelas y del viejo Ayuntamiento en el verano de 1971. Y creo que se trata de una elección muy a propósito con la ocasión porque visto este acontecimiento con la perspectiva que dan los años, creo poder decir que aquel derribo marcó todo un punto de cesura o un punto de inflexión en la historia del pueblo. Con el cambio de fisonomía de su plaza, ya nunca el pueblo volvería a ser el mismo.

Como puede verse en la fotografía que he puesto arriba, el derribo de las Escuelas causó una gran expectación y buena parte de su vecindario se arremolinó en torno a la pala que las tiraba. La fila de chiquillos sentados en los soportales, chiquillos que por su edad no habían ido a esas escuelas, es muy interesante, porque amén de gozar con el espectáculo quizás alguno llegó a imaginar a sus padres como niños en aquel viejo edificio que caía o por lo menos les miró de reojo para adivinar sus extraños sentimientos.

De aquel derribo recuerdo también una anécdota entrañable: la pala amochaba contra la Escuela y se retiraba rápidamente hacia atrás para evitar que le cayeran encima los cascotes de las partes más altas. Pues bien, en uno de esos empujones hubo un momento en que se quedó suspendido un trozo del alero resistiéndose a caer. Como pasados unos minutos no caía y la pala no se decía a volver a amochar, Castito el pastor, el padre de la Paca, cogió un cascote del suelo, lo lanzó a sobaquillo (es decir, de abajo hacia arriba) y acertó a dar al alero que no quería caer. Todos nos quedamos admirados de la puntería del viejo pastor y de la fuerza que aún conservaba. No era yo un reportero capaz de captar un momento así pero por lo menos sí que hice estas dos fotos que nos recuerdan la forma en que se tiró el edificio.





En la cuarta foto se ve cómo el nuevo Ayuntamiento estaba esperando ya detrás del viejo para presidir malamente ese nuevo gran espacio resultante de la agregación de las dos pequeñas plazas yuxtapuestas anteriores, la de la Constitución y la de la Iglesia.