martes, 15 de abril de 2008

26. LAS CUEVAS


Pocas zonas populares de bodegas hay en La Rioja tan bien ordenadas como la de Anguciana. En una ladera perfectamente orientada a Norte, excavadas en la arenisca que separa la Loma de la depresión del Tirón y sin ningún hueco entre ellas, se construyeron con la misma piedra sacada de la excavación, nuestras cuevas. Y digo “cuevas” porque es así como le gustaba a mi padre que las llamásemos, seguramente porque “bodegas” le parecía un apelativo más ampuloso o industrial.
La foto que pongo aquí, es como casi siempre de finales de los cincuenta o comienzos de los sesenta, cuando se reparó el muro de protección que separa la carretera del vial propio de las cuevas. No se ven bien las fachadas de las cuevas, pero sí la carretera, que estaba aún sin asfaltar, con su frondoso arbolado a un lado, ofreciendo el aspecto tranquilo que tenía por entonces.
Todas las cuevas eran del mismo tipo: calado en la roca y una construcción delante con tejado a un agua, cumbrero en la ladera y alero en fachada. Pero había tres que tenían un cuerpo superior por el que podían echar la uva directamente desde la Loma. La primera de ellas, la más grande y que no recoge la foto por estar justo a la derecha de la misma, donde se acaba el muro de la carretera, era la de mi abuelo, luego de "Escolar". Tardé mucho tiempo en entrar a esta bodega (creo que estas tres cuevas con cuerpo alto ya se merecen el apelativo de bodega) pero cuando lo entré en ella me emocioné. Mi padre me había contado que en los malos tiempos del vino, en la dictadura de Primo o en la República, vio el vino de la bodega de casa correr por la carretera… En la parta alta de la bodega recuerdo haber visto por primera vez una despalilladora.
La bodega del centro, que tan bien se ve en la foto, era la del tío Joaquín y es en ella en la que más meriendas organizó mi familia siendo yo niño, y la que mejor recuerdo. Su obscuridad, el profundo olor a vino y los enseres de los variados trabajos de una bodega (especialmente la prensa central), contribuían a definir un ambiente mágico. La tercera de las bodegas de cuerpo alto nunca supe de quién era. Al fondo de todas ellas emerge la gigantesca “cueva quemada” (y por ser quemada se quedó con el nombre de “cueva” para siempre) de la que no he llegado a conocer su historia. Lo único que recuerdo de ella es que allí acamparon durante muchos años las cuadrillas de gitanos que venían a la recolección de la uva, la patata y la remolacha.
Las cuevas dejaron de hacer vino cuando se creó la cooperativa de Haro y la gente se apuntó a entregar la uva allí. Se convirtieron en lugares vacíos y de asueto y se fueron vendiendo por cuatro perras, primero a algunos veraneantes bilbaínos que vieron en ellas la posibilidad de instalar allí sus “txokos”, y luego a todo tipo de gente (incluso bodegas registradas) que han ido poco a poco alterando su fisonomía y su unidad formal. Nosotros (mi tía Pilar) teníamos una cueva de las sencillas y ajenos a las posibilidades de su futuro, fuimos de los que primeros que la vendimos. Mi hermano Ricardo se lamentaba muchas veces de ello porque ni siquiera pudimos disponer de una cueva cuando, al llegar a la adolescencia, empezamos a organizar guateques con aquellos primitivos tocadiscos y sus “singles” a 45 rpm.