martes, 5 de abril de 2011

90. UN POCO DE TEORIA

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Ya sé que es mucho más popular poner fotos de amigos y de rincones bonitos del pueblo, pero el eje de este blog (ya lo he dicho muchas veces), no está en la nostalgia o en los recuerdos, sino en la teoría del espacio humano de convivencia referida a los pueblos. ¿Qué fue de los pueblos? ¿Cuál es su destino? ¿Dónde están ahora? Etc.

Cuando me empecé a sentir lejos de Anguciana (en Barcelona creo, estudiando Arquitectura), una de las páginas que más me complacía leer era ésta de Viejas Historias de Castilla la Vieja, escrita por Miguel Delibes: 

“Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras que las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro”.

(Mi hermano Ricardo, añorando también el pueblo perdido, la llegó a transcribir en un pergamino y a tenerla en su habitación como un poster).

Junto a esa página tengo una larga anotación del año 85 en la que digo que esa visión estática de los pueblos se había quedado obsoleta, pues con la industrialización agrícola o la nueva ocupación turística, los pueblos cambiaban ya entonces más que las ciudades, y siendo más frágiles que éstas, la desolación ante su nuevo aspecto era muy superior a cualquier atisbo de añoranza. 

Pero veinticinco años después, o sea, el año pasado, cayó en mis manos un extraordinario libro de Lewis Mumford titulado El mito de la máquina (ed Pepitas de Calabaza, Logroño), en el que su autor hace un profundo repaso histórico de los grandes inventos y culturas de la humanidad para poder hacer frente a ese mito del progreso continuado que amenaza desde hace cincuenta años con llevarnos a la destrucción total. Pues bien, hacia la mitad de ese libro hay un capítulo dedicado al éxito de la estabilidad y difusión de la cultura de la aldea neolítica, que me impactaron mucho más aún que la poética página de Delibes.

El dato más sobresaliente de ese capítulo era una cita del geógrafo Max Sorre acerca de que en 1940, las cuatro quintas partes de la población humana aún vivía en aldeas agrícolas. Y que es justo a partir de esa fecha cuando empieza en nuestro país un proceso masivo de emigración de los pueblos a las ciudades que llevó a la ruina o al semiabandono a muchos de ellos, y en todo caso, a la quiebra de su modo tradicional de convivencia y conformación.  Modo y formas que vengo rastreando aquí mirando en el espejo de Anguciana. 

Todo el libro de Mumford es una maravilla, y ese capítulo, un delicia. Pero como no puedo citarlo entero y mejor recomendar su lectura integral, traigo aquí solo un par de citas.

Una referente al éxito de la aldea:

“Cuando esta cultura (la cultura neolítica de vida en aldeas) alcanzó su punto máximo, sus logros posteriores fueron pequeños: hay que buscar sus nuevas cimas en las culturas posteriores que nacieron de ella, basadas en el uso de los metales. El monto total de cultura necesaria para asegurar tal continuidad podía ser absorbido y dominado en el lapso de una juventud humana normal, que podía transmitírselo a una comunidad compuesta por unas cincuenta familias; y la multiplicación de tales comunidades por todo el planeta hizo posible el milagro de esas ancestrales adquisiciones de la humanidad sobrevivieran a todos los desastres naturales y a todas las crisis humanas. Muchas grandes ciudades acabaron arrasadas, muchos templos fueron saqueados y destruidos, muchas bibliotecas y toda clase de registros fueron consumidas por las llamas; pero la aldea volvía a brotar una y otra vez, como el laurel de San Antonio entre las ruinas.”

Y la otra, más poética, definitoria y esperanzadora:

“Dondequiera que se celebre la llegada de las estaciones con fiestas y ceremonias; donde las etapas de la vida humana se festejen y se puntúen con ritos familiares y comunales; donde el comer, el beber y el goce sexual constituyan el meollo central de la vida; donde el trabajo, aún el más duro, rara vez esté separado del ritmo, la canción, la compañía humana y el deleite estetico; donde la actividad vital se considere una recompensa tan grande del trabajo como su producto; donde ni el poder ni el beneficio tienen prioridad sobre la vida; donde familiares, vecinos y amigos forman todos parte de una comunidad visible, tangible y cara a cara; donde cada hombre o mujer pueda realizar la tarea que otro u otra estén cualificados para hacer... allí late, en esencia y existencia, la cultura neolítica, (la cultura de la aldea neolítica) aunque se usen herramientas de acero y mil camiones ruidosos lleven los más diversos productos a los supermercados.”

(La foto es de una de esas aldeas abandonadas de nuestra región, perdida para siempre en ese proceso de cambio de paradigma cultural vivido a partir de los años cincuenta del pasado siglo).
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