sábado, 21 de junio de 2008

47. LAS GALLINAS



Este par de fotos de mi hermana mayor rodeada de gallinas es todo el recuerdo gráfico que tengo de nuestra convivencia con esa fuente de alimentación tan próxima y vital. Bajar a por huevos al gallinero del patio es uno de los recuerdos más lejanos de mi vida: el calor que desprendían los huevos entre la paja después de haber espantado a las gallinas o incluso con ellas encima es una de esas sensaciones largo tiempo olvidadas que vuelvo a experimentar ahora gracias a la escritura del blog. Como también recuerdo la ausencia de cualquier sensiblería cuando, con gran habilidad, la Ezequiela les retorcía el pescuezo a los pollos, capones o gallinas, y los desangraba antes desplumarlos, allí mismo, debajo de la galería.
Con las gallinas había siempre un coro desafinado de cantantes en casa, y con el gallo, despertador. Además nos permitían tirar al patio, directamente por la ventana de la cocina, cualquier tipo de peladuras o de restos orgánicos. Reciclaje directo sin tanta bolsa y separación de basuras.
De todos modos el recuerdo más vivo que me trae aquel pequeño gallinero de casa es el de un dicho que me impresionaba mucho y que relacionaba nuestra crianza con las gallinas. Cuando un niño nacía débil o enfermizo se solía decir: “ése no subirá al palo” aludiendo a que cuando los pollos o las gallinas consiguen subir a los palos del gallinero es que han alcanzado su madurez.
Muchos años después supe lo que era la etología y descubrí a uno de sus fundadores, Konrad Lorenz, pero sus teorías siempre me parecieron más frías que mis recuerdos. Y eso que, como ya he dicho, los animales no son un mundo que me atrajera mucho.