martes, 7 de septiembre de 2010

71. EL VENAJO

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La foto con que ilustro esta entrada no puede ser más cochambrosa. Y su título les sonara a muchos a palabra malsonante: ¿Qué es el venajo? ¿O qué era el venajo?

En el post 10 de este blog, dedicado a EL CASTILLO ya mencioné esta palabra al decir que algunas mujeres preferían lavar la ropa en el trozo del cauce que corría junto a la carretera antes que bajar al “venajo”, y en la foto de Jaime Marín del post nº 11 se ven al fondo a algunas mujeres lavando ropa precisamente en ese lugar. Pero el lavadero “oficial” del pueblo no era ese, sino “el venajo”: una pequeña construcción de ladrillo con cubierta de madera en la que el agua del cauce corría por entre las piedras dispuestas en línea para lavar la ropa a mano, y que estuvo ubicado precisamente en el lugar de las fotos que he puesto arriba, es decir detrás del Ayuntamiento.
El “venajo” se debió tirar por las mismas fechas de construcción del nuevo Ayuntamiento y fue sustituido por esa pequeña caseta blanca sobre el cauce que vemos en la foto, dedicada a matadero, también ahora en desuso.

No recuerdo que nadie llorara la desaparición del lavadero por lo dura que era la tarea de lavar la ropa a mano y lo aliviadas que se sintieron las mujeres cuando llegaron las máquinas de lavar a las casas. Años después sin embargo, a instancias del etnógrafo Carlos Muntión y de otras gentes con amor al patrimonio y a nuestras raíces, asistí con estupefacción al derribo del lavadero de Tricio y dejé constancia de ello en un artículo que publiqué en La Rioja y que luego apareció recopilado en EL RETABLO DE AMBASAGUAS (lo he colocado en otro blog por si alguien lo quiere consultar: El lavadero de Tricio ).

Con la desaparición del lavadero en Anguciana también cayó en el olvido la palabra “venajo” o “venaje”, que según los diccionarios que he consultado significa “pequeñas venas de agua que dan origen a un río”. En Haro el término “venajos” se usa para ciertas parcelas comunales de huertas situadas en la zona de Fuente el Moro. En uno y otro caso parece haberse alterado el significado original de la palabra.

En todo caso, la palabra es tan áspera que ahora me viene al recuerdo otro de los usos que le dábamos a sus aguas. En la entrada sobre LOS PERROS mencioné lo duro que era para nosotros la simple mención de deshacerse de las amplias camadas que solían tener las perras. Pues bien, ahora recuerdo que era precisamente en el “venajo”, por su cercanía al pueblo, donde se solían tirar. Y quizás por ello siempre me pareció una palabra siniestra.

Tan siniestra como el aspecto que tiene actualmente.


De todos modos, si alguien conservara una fotografía antigua de aquel viejo lavadero, estoy seguro que ese lugar volvería a cobrar vida y lo podríamos recordar de un modo mucho más justo: como homenaje al trabajo cotidiano de tantas y tantas mujeres lavando la ropa.