martes, 23 de noviembre de 2010

78. LA COFRADIA DE LA VERACRUZ

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Cuando acabó el entierro de mi padre me dieron el pésame José Antonio (“Plin”) y José Miguel (“el Chino”), y de inmediato y por asociación, me acordé de la Cofradía de la Veracruz, porque creo recordar que los padres de ambos pertenecieron a aquella venerable institución que en sus tiempos hacía de los entierros algo mucho más digno y solemne que como se hacen ahora.

No recuerdo bien si los entierros se abrían con el tradicional triplete de un Cristo y dos velones altos portados por monaguillos vestidos de negro con el cura o curas detrás (tal y como he encontrado en esta foto de otro pueblo encontrada en internet  que he puesto arriba como ilustración), pero lo que sí recuerdo perfectamente (y de eso no puedo poner foto) eran las dos filas de hombres mayores que enmarcaban el cortejo, desde el trío que lo abría, hasta el féretro, portando en la mano un velón cubierto con un farolillo protector contra el viento. Ya detrás del féretro, y eso es en lo único que se parecen aquellos entierros a los de ahora (siempre que sea portado a hombros y no en coche), se colocaba la familia acompañada por la desordenada masa de amigos, vecinos y acompañantes.

Pero junto a la imagen seria y solemne de las dos filas de los hombres mayores del pueblo con el velón de farolillo en la mano, guardo en la memoria otra imagen un poco más irreverente: como en señal de duelo y de respeto todos aquellos hombres se quitaban la boina, y como debajo de ella muchos de ellos lucían una calva blanquísima que contrastaba con la piel curtida de sus rostros y sus nucas, el efecto tenía algo de surrealista. Aquellos hombres mayores con el velón en la mano, la cabeza en dos colores y la boina en la otra mano, formaban un extraño decorado humano del no menos entendible momento de la muerte y del duelo.

Seguramente se guarden en la iglesia los estatutos de la Cofradía, la lista de sus últimos miembros y hasta las cuentas de la misma (porque creo que era obligatoria la asistencia a todos los sepelios, y que la ausencia injustificada se castigaba con una pequeña multa destinada a los gastos de la cena de hermandad anual). Es un documento de gran valor que hay que guardar como otro de los pequeños tesoros desaparecidos de aquella riqueza de elementos que componían la vida del pueblo y del que algún día podríamos dar cuenta aquí con mejores datos que los de mi honda añoranza infantil.
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