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19. EL PUENTE




El pueblo y el río se cruzan y se encuentran en el puente. El de Anguciana está tan bien hecho que parece eterno pero según nos contaba mi padre, su madre lo vio hacer cuando era niña porque les había contado que recordaba haber jugado subiendo y bajando por las cimbras o los propios arcos de piedra antes de que se rellenasen las plementerías y se construyese el tablero. Es decir, que el puente es de la segunda mitad del siglo XIX.

Hace treinta años aún se adivinaba el vado previo en el camino que bajaba de las casas de Oreca, y salía detrás del frontón. En el estiaje aún era usado por algunos tractores que cruzaban el río por ahí, e incluso en una carrera popular que se hizo hace muchos muchos años (y que ganó Andrés, el pequeño de los hijos de Luis Salazar) el circuito pasó por el vado en vez de hacerlo por el puente.

Por casa había una foto muy bonita y antigua del puente y el castillo hecha desde Viñas Viejas (foto con la que llegué a pintar uno de mis pocos óleos), pero no la he encontrado para ponerla aquí. Cuando compramos nuestra primera cámara traté de imitar esa foto e hice la que he puesto arriba, pero no me salió tan bien. Para compensar tengo esta otra hecha en invierno en la que se ven limpiamente sus cinco arcos y una parte del gran tramo ciego que va hacia el pueblo. Es (o era) una hermosura de puente. Y digo era, porque los dos ensanchamientos sucesivos del tablero y sus correspondientes cambios de barandillas lo han desvirtuado mucho.

En la entrada 10, El Castillo, ya puse una foto hecha desde el lado de Oreca en que se ven sus antiguas y hermosas barandillas de piedra. Desde el mismo punto, tengo también esta otra fotocopia de una foto de la exposición de 1993 en la que sólo soy capaz de reconocer a Paca y a Martín. (¿Es María, la mujer de Poli, la que está a la izquierda? No sé, ya me iréis diciendo).



De una nevada en las navidades de 1970 tengo también otras dos fotos del puente muy bonitas que hice yo mismo y que pongo a continuación. El puente, aún sin aceras, era un lugar estrecho donde coches y personas se tenían que cruzar y respetar, pero con esa nevada aparece mucho más calmado que nunca.

Se nos ocurrió hacer un muñeco de nieve al otro lado del puente y para allá nos fuimos toda la familia. Mi hermana Pili, en primer lugar, lleva bajo el brazo un sombrero de copa, y mi hermano Alberto, una escoba para adornarlo convenientemente. Junto a él puede verse a mi hermano Ricardo con una gran bufanda, y al fondo, mi tía Pilar y mi madre. En todo caso y aunque salgan personas en las fotos, mi intención es que los protagonistas de este blog sean los lugares y no las personas, y por eso reclamo la atención del visitante hacia ese hermoso lugar que era el puente de Anguciana.




(1ab2018)

20. TRES FOTOS MAS DEL PUENTE





Buscando fotos del puente me he quedado gratamente sorprendido del buen gusto fotográfico que teníamos cuando éramos unos niños, pues es curioso ver cómo utilizamos el puente como fondo de escena para nuestras fotos personales. Como ya he contado, en 1966 mi hermano y yo nos compramos una cámara Werlisa de lo más barata y elemental, sin enfoque de ningún tipo y con tres posiciones de diafragma: sol, nubes y lluvia. Esa era toda su mecánica. Pues bien, con esa cámara hicimos las dos estupendas fotos que he puesto arriba en la que el puente es mucho más protagonista que nosotros. En la primera posamos “Atín (el hijo del médico) y yo, y en la segunda, mi hermano Ricardo y yo, así que la autoría de cada una de ellas hay que atribuírsela al que falta en cada caso.


También tengo esta otra foto con más pretensiones (y peor resultado) que le hice yo a mi prima Elvira (hija del tío Justo) en la chopera que había detrás del frontón. El encuadre no es malo pero el dominio de la técnica del contraluz no estaba a la altura de la cámara ni al alcance del autor.

En todo caso me sirven las tres fotos para ilustrar y comentar que durante muchos años (durante toda mi infancia) el río pasó por los dos arcos más próximos al pueblo, lo que es normal porque en su zigzagueo constante, si chocaba contra las lastras de “la piscina” (aguas arriba del puente), y las lastras de“viñas viejas” (aguas abajo), ambas en el mismo lado, a su paso por el puente tenía que pasar por el otro.

Todo ese juego del río y el puente se fue al garete cuando hace unos años los muy sabios ingenieros funcionarios de la capital se pusieron a gastar los muchos dineros frescos de las Autonomías y lo encauzaron con unas grandes piedras por el centro del puente destruyendo su contorneo y la gracia del lugar. Ahora por el ojo derecho del puente pasa un camino o algo así. Y en el ojo izquierdo, junto al refugio, donde las riadas siempre dejaban un pequeño riachuelo semiestanco, la maleza se adueña del lugar. Pero eso no parece ser problema de los muy sabios ingenieros de caminos para quienes los ríos deben pasar bajo los puentes tan rectos como las carreteras.

(2ab2008)

34. EL CINE




Uno de los edificios modernos más audaces y sorprendentes de Anguciana fue el cine. Se construyó en los años cincuenta, siendo alcalde Blas Santa Cruz, con proyecto del arquitecto Rafael Gil Albarellos.

Albarellos fue uno de los primeros arquitectos “modernos” de la postguerra y para el cine de Anguciana se le ocurrió diseñar una fachada que se asemejaba al celuloide de las películas. Moduló todo el frente como si fueran fotogramas y como remate de cubierta hizo una fila de agujeritos cuadrados.

Por lo visto, la limpieza de ideas y formas del primer proyecto se fue al garete cuando le pidieron que colocara una vivienda encima de los dos fotogramas más cercanos al pueblo, así que en castigo le puso a esa vivienda unas ventanas tan estrechas como las del remate decorativo del resto de la fachada y a distinta altura. La cosa quedó un tanto desencajada pero como cuando éramos niños no nos preguntábamos por la razón de las cosas, pues nos acostumbramos a verlo como algo tan normal. La vivienda fue ocupada por el veterinario y su familia y como yo era amigo de Javi, uno de sus hijos, pues estuve muchas veces en ella y la recuerdo muy bien.

De lo que apenas me acuerdo es de las sesiones de cine porque debieron dejar de darse muy pronto, creo que a mediados de los sesenta cuando yo me había marchado a Santoña a estudiar. Lo que sí recuerdo (y es curioso cómo en la memoria se quedan a veces los detalles más insignificantes) es el precio de la última vez que fui al cine: 7 pesetas. Y también recuerdo (no sé si bien o mal) que el encargado de la máquina del cine era Lázaro, a su vez pastor y carnicero, y padre de Carlos y Emilio.

En el invierno de 1970 se organizó un Concurso de Belenes en el pueblo (seguramente a iniciativa del Teleclub) y para dar mayor realce a la entrega de premios y como cosa extraordinaria se usó el cine. Como presentadores actuaron Isabel Ballugera y mi hermano Ricardo, y en la ambientación musical del evento tocaron Emiliano Ibarnavarro, Agustín deLafuente y mi hermana Mercedes; y hasta es posible que cantara Ramoncín, no el punky de Madrid que se hiciera famoso años después, sino Ramón Triana, a quien también llamábamos en el pueblo con ese diminutivo. De aquel último acto en el cine guardo estas tres simpáticas fotos:





Por cierto, siendo ya arquitecto y habiéndome dado cuenta de la semejanza entre la fachada de nuestro cine con las películas de celuloide, le di la foto de arriba al erudito riojano Bernardo Sánchez, quien a su vez se la regaló al conocido director de cine Víctor Erice, al que, según me dijo Bernardo, le gustó mucho. Para que veáis lo lejos que ha llegado el cine de nuestro pueblo.

(30ab08) 

39. DEPORTES DE INVIERNO




En las navidades de 1970 cayó una buena nevada en nuestro pueblo, y como por aquel entonces no había Valdezcaray y ni sabíamos lo que era el esquí, convertimos un ribazo junto a fuente La Virgen en la primera pista de trineo de Anguciana.

El ingenio fue cosa de mi hermano Ricardo y aún me maravillo de lo rápido de reflejos que anduvo para inventar y construir el artefacto en la misma mañana de la nevada: con una caja de fruta y unas pocas tablas, elaboró el elegante bólido que se puede ver en todas estas fotos. Como tengo nada menos que catorce y no quiero dejar ninguna en el cajón, las he colgado esta vez en un formato un poco más pequeño que el habitual.

Para iniciar el descenso y controlar la dirección, teníamos que tirar con una cuerda y correr por delante del trineo, tal y como se ve en la foto de arriba y en estas dos más:




Una vez que la pista ya estaba abierta, se ve que nos animamos a bajar sin guía:







El problema de esta estación de esquí es que, a falta de telesillas, era duro subir el trineo después de cada bajada:



La zona de frenada no era muy amplia, pero no llegamos a darnos contra la tapia de las huertas:


De aquel día tengo un recuerdo muy especial: de tanto coger el trineo y andar con la nieve debía tener yo las tenía las manos tan heladas que en un momento dado fui a lavármelas a la fuente de La Virgen que estaba justo al lado de nuestra pista de esquí y me pareció que el agua salía caliente. Recuerdo aquella sensación como si fuera hoy, y ya siento que entre tanta foto no hubiéramos hecho una de la fuente. Aunque en esta que pongo aquí se puede apreciar por mi gesto, el frío que tenía en las manos:



Tres fotos más de aquel “histórico” día para los deportes de invierno de Anguciana:

La primera, caminando por detrás de Teñazo hacia el ribazo de fuente La Virgen.

La segunda, justo en el punto de salida del descenso. Como se ve en ella, a última hora apareció Atín por allí con una extraña boina en la cabeza.

En la tercera y última de la serie, fotografíé yo a mis cuatro hermanos posando en el trineo.





PS: Al ir a guardar las fotos de aquel día he descubierto una nueva imagen en la que se puede verse la Fuente de La Virgen. Está en el ángulo superior izquierda:´



Como no tengo ni idea de cómo estará en la actualidad aquella fuente prometo volver por allí algún día a hacerle una foto.

(17my2008)

43. MAS FOTOS DE LA PLAZA



El jueves de la semana pasada enterramos a Hilaria, o mejor dicho, a “la Hilaria”, que es como acostumbramos a decirlo en el pueblo. A “la Hilaria” siempre la quisimos mucho porque además de la eterna sonrisa que siempre tenía, vino al mundo exactamente en la misma noche que mi hermano Ricardo y a tan sólo dos casas de distancia. Y por eso he puesto esta vieja foto tomada desde la torre de la Iglesia durante la nevada de las navidades de 1970, porque en ella se ve nuestra casa, a la izquierda, las casas de los Marín y de Fortun en el centro, y la casa donde nació Hilaria, a la derecha, en la que también vivían la Amelia y Justo. Una casa ya desaparecida y de la que tengo esta otro foto hecha en 1983 cuando ya estaba deshabitada y medio en ruinas.




Me cuenta mi madre que el médico, Paco Palacios (de quien se me olvidó decir en el post sobre la “motorización” que en aquellos años tenía el único coche del pueblo) pasaba de una casa a otra a ver cuál de las dos parturientas se decidía. No me sabe decir quién de las dos fue la primera (ni tiene mayor importancia) pero sí me cuenta que siempre se maravilló de que “la María” con lo delgada que era, amamantase tan bien a su hija. Tampoco nos es fácil olvidar la sonrisa siempre perenne de María.

Pero sigamos con la vida y con los recuerdos de todo lo que la enriquece, y ya que estamos de nuevo en la plaza de Anguciana, voy a poner tres fotos más que, aunque tomadas seguramente para recordar a las personas que salimos en ellas, dan cuenta de ciertos detalles curiosos.

La primera es esta de nuestra casa en la que podemos ver asomadas al balcón a las dos dueñas anteriores a nosotros: la tía Milagros, hermana de mi abuela, a la derecha, y la tía Pilar, hermana de mi padre, a la izquierda.


Pero el detalle que me interesa señalar más allá de lo meramente humano y familiar, es el del viejo empedrado de la plaza, porque yo siempre la conocí “encementada”. Y también, como no, la gracia de los dos bancos de piedra que enmarcaban la puerta de entrada y que aguantaron la primera pavimentación, pero que desaparecieron definitivamente cuando se reformó la fachada de la casa.

La segunda foto que pongo aquí es ésta que le hicieron los Marín a mi hermano José Mari, en el que además de verse los dos bancos mencionados de nuestra casa sobre el suelo ya pavimentado, se ven las viejas fachadas de las casas de enfrente: la de la Castito, la de la Bea, la de los Sanes y la de Mendoza (el “Chocolatero” le decíamos, no sé muy bien por qué).


Y la última foto por hoy, en la que salgo yo en primer plano con mi primera bicicleta aún con ruedecitas laterales (y algo más atrás y a medias, mi hermano Ricardo), la pongo más que nada porque en ella se ve un fragmento de la casa de la esquina que estaba enfrente de la del “Guardilla” que yo nunca recordaba haber visto en pié, y que sigue ahí hundida en medio de la plaza después de tantos y tantos años.



(29my08)

44. DON GREGORIO Y EL LATIN



Durante el funeral y el entierro de la Hilaria que mencionaba en la anterior entrada, sentí varias veces (en la iglesia y en el cementerio) que al ritual le faltaba algo que yo había conocido en mi infancia de Anguciana. Mientras que los dos sacerdotes, Félix y José Luis, se esforzaban por hacernos entender en nuestra lengua lo que es completamente ininteligible, esto es, la muerte y la vida eterna, me dio por pensar que cuando Anguciana era Anguciana, teníamos también un lenguaje para hacer más coherentes estos ritos, es decir, un lenguaje tan incomprensible como la muerte y la vida eterna: el latín. Recordé entonces que aquel lenguaje mágico y ritual se fue con Don Gregorio a finales de los años sesenta, y que por eso debía también dedicar un artículo al último cura que rezó en latín en nuestro pueblo.

Nada más entrañable para ello que este par de fotos de Calleja que guardamos en casa porque en ellas aparece mi hermano Ricardo ayudándole a misa.



Ahora que se habla tanto del bilingüismo para saber expresarse en un idioma local y otro más universal, me resulta divertido pensar que en aquella Anguciana anterior a la modernidad (y al Concilio Vaticano Segundo) todo el mundo sabía decir “Kyrie Leison, Agnus Dei cui tolis pecata mundi, Dominus Vobiscum” etc. (lo pongo como suena porque es como lo sabíamos), y todo el mundo entendía perfectamente el “Requiem in cantim pacem”, aunque nadie (excepto don Gregorio y los curas del convento) supiéramos lo que significaban. O mejor dicho, sí sabíamos lo que significaban: era el lenguaje para hablar con la divinidad, con el más allá, con lo más eterno y universal. Y por eso sentíamos que los curas eran los auténticos representantes de todo ello en el pueblo: porque hablaban ese extraño lenguaje.

Disquisiciones al margen, mis recuerdos más lejanos de don Gregorio son viéndole pasear con su breviario en la mano por la solana de la casa de los Ballugeras y de Julio el loco en la misma plaza, o volviendo con el mismo breviario en la mano del llamado Paseo de los Curas por debajo de las laderas del río Ea. Luego dejó la plaza y se instaló en la casa de los Medranos de la calle Arriba, casa donde nació mi padre cuando mis abuelos dejaron el castillo en manos de los frailes. Le recuerdo también a don Gregorio en el jardín de aquella casa, sentado junto al pozo, leyendo LA NUEVA RIOJA, periódico al que seguramente sólo él en el pueblo estaba suscrito. El latín de su breviario y el periódico regional eran pues sus fuentes secretas de contacto con el exterior del pueblo.

Si como conté unas entradas atrás, a don Sixto le atendía la Toribia, a don Gregorio le asistía su hermana, la también simpática y servicial Paulita, quien en los últimos años de su vida nos regaló con una de las extravagancias más divertidas que recuerdo de aquellos años: el tinte morado de las sienes plateadas de don Gregorio.

En fin, acabo ya este pequeño refrito de pensamientos, fotos y recuerdos contando que cuando el cortejo fúnebre de la Hilaria se dispersó por nuestro cementerio y cada cual se fue a la tumba de sus seres queridos, mi hermano Ricardo y yo hicimos lo propio, y al quedarnos en silencio ante el rincón donde reposan nuestros familiares, de lo más recóndito de mi memoria me salió decir para mis adentros: Pater noster qui est in chelis, santificetur nomen tuum, advenian regnun tuum, fias volutas tuas, sicun in chelo et in terra…, palabras que apenas sé lo que significan y que seguramente no estarán bien escritas, pero lo que sí sé es que son palabras que me llenaron de emoción.

(2jn08)

65. FOTOS DEL ALBUM DE MIGUEL ANGEL MARCOTEGUI

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Pongo hoy aquí otras pocas fotos de entre las que me escaneó y cedió Miguel Angel Marcotegui Angulo el pasado verano.

La primera de ellas es de un personaje que no reconozco pero que seguro que habrá alguien que pueda decirnos quien es. La niña de arriba a la derecha es sin duda Filo García, a quien hemos visto varias veces ya en el blog y vemos unos años más tarde yendo a la iglesia en la siguiente foto de Calleja, junto con su cuñada Marita y su marido Marcotegui, padres de Miguel Angel.

Me informa mi padre (3 jul 2010) que el señor de la foto se llamaba Víctor y era de Cihuri, casado con una hermana de doña Usina García. Aparte de Filo también reconoce a Marita, sentada sobre sus rodillas y a Maria Jesús García (la que fue mujer de Justo Diez del Corral) que es la que está detrás del señor. La de la izquierda de detrás no la reconoce.



Lo bueno de las tres siguientes fotos es que vienen con fecha y que son de grupos, así que habrá más de uno interesado en ellas. No son prodigio de enfoque ni encuadre pero eso también les da cierta gracia. En la primera, fechada en 1958, vemos a un curioso equipo de fútbol fotografiado en la carretera a la altura de lo que hoy es el Bar Las Palomas. En la fila de arriba está a la izquierda el propio Miguel Angel Marcotegui, y dos más a la derecha con un estupendo tupé moreno, el sobrino de Lola Mendoza, José Manuel. Agachados reconozco a mi hermano Ricardo y a uno de los hijos del veterinario.



En la siguiente, de 1965, vemos de nuevo a Miguel Angel y a mi hermano Ricardo flanqueando a Maruja, la hija del veterinario.



La última de un grupo es de 1973. Miguel Angel con su hermana, Juan Ramón y Atín en el río, y tres guapas bilbainas más cuyos rostros me son muy familiares pero cuyos nombres ya no recuerdo. Detrás del grupo es curioso ver a esa pareja tan cariñosa en tan romántico escenario:



(Me informa Itziar Pérez por mail de 5 sp 2010, que la chica con la camisa de cuadros es su hermana Marisol y que la chica de pelo corto se llama Edurne. Itziar, Marisol y su hermana mayor Ana Luz vivieron en una de las primeras casas de veraneo construídas en Oreca a partir de un viejo corral del camino a Gembres llamada Villa Lina).

El "álbum" de fotos que me pasó Miguel Angel tenía también varias fotos del pueblo, casi todas ya conocidas o repetidas de las que ya he puesto aquí. Pero entre ellas había un par que yo no tenía y que ilustran dos puntos muy singulares del pueblo: el cine, y ese fragmento de la carretera entre la tapia de nuestra casa y la de los frailes que tanto elogié al final de entrada CARRETERA.





Muchas gracias Miguel Angel.

(17my10)

102. QUILÍN

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Muchas veces un pequeño incidente sin importancia nos predispone favorable o desfavorablemente hacia alguna persona. Luego pasan los años sin encontrarnos de nuevo con esa persona y el prejuicio formado en aquel incidente se consolida hasta tal punto, que mucho tiene que pasar para que uno cambie. Bueno, pues en mi caso, eso me acaba de pasar con una persona en concreto: Ezequiel García, el hijo de Manolo García y la Dolores, ya no será nunca más para mí aquel tipo antipático que protagonizó una anécdota que ahora pasaré a contar. Desde ahora será el hombre que hizo realidad algo que yo hubiera querido que hiciera mi padre: escribir en la vejez sus recuerdos de Anguciana.

Pero voy con la anécdota para que os riáis un poco. Tendría yo unos catorce o quince años, es decir esa edad en la que uno empieza a tener su orgullo de hombrecito, y estaba sentado en un banco del frontón viendo un reñido partido de paleta entre cuatro hombres mayores. Debían de faltar pocos tantos para el desenlace cuando uno de esos jugadores de paleta, concretamente Ezequiel García, vino hacia nosotros, se dirigió a mí, y con una chulería a la que yo no estaba acostumbrado me dijo “oye chaval, toma un duro y vete a Perjuicios a por un porrón de cerveza con gaseosa”. Sin ni “por favor” ni derecho a réplica. Fuera porque me estaba gustando el partido y me hubiera apetecido ver quién ganaba; fuera por la sorpresa de que me mandaran algo de esa manera; o fuera porque yo no he sido muy dado a contestaciones rápidas y negativas cortantes, el caso es que fui a por el porrón y me quedé con la humillación y sin ver el final del partido de palas. Pero me quedé para siempre, eso también, con una inquina especial hacia ese tipo chuleta con el que no creo haber cruzado más palabra en mi vida, ni falta que me hacía. Por supuesto que he oído hablar mucho de él, pero para mí siempre era el de “toma un duro chaval...”

Bien, pues mira por donde, el mismo Ezequiel es ahora quien nos regala un aluvión de recuerdos del pueblo, llenos de gracia, detalles y nombres semiolvidados y no me queda otro remedio que hacer justicia: pongo en un plato de la balanza aquel incidente, y pongo en el otro su librito ANGUCIANA, MI PUEBLO, y como decía, de ahora en adelante Ezequiel García ya será para siempre otra persona, será alguien familiar y entrañable, será Quilín, vaya, un apodo que ya conocía, pero que no hubiera empleado con alguien con quien no tenía la suficiente confianza o cariño.

Del libro no puedo decir gran cosa porque en realidad no lo he leído... sino que lo he devorado. El mismo día que lo compré me senté a leerlo en un sillón y no me levanté hasta que llegué a su última página. Me dio la sensación de que estaba todo un poco embarullado, pero yo tenía tanta hambre que me daba igual: todo para dentro. De todos modos, eso sí, subrayé las cosas que más me interesaban para poder hacer referencia a ellas de ahora en adelante. Hay todavía muchas, muchas cosas por contar. Como decía Tony Judt en un libro que he estado leyendo esta misma tarde (El refugio de la memoria, ed Taurus), “tenemos una gran deuda con el pasado”, y “recordar" no es sólo un placer sino un deber.

No podría acabar esta nota sobre el libro de Ezequiel sin hacer una mención a lo que me ha parecido más extraordinario en él: sus dibujillos. Como profesor de dibujo que soy no dejo de lamentar el daño que se hace a los niños en las Escuelas e Institutos castrando la natural alegría y expresividad que todos los niños del mundo tienen cuando se les da una caja de lápices de colores. Que a los ochenta años haya recuperado Quilín ese desprejuicio infantil hacia el dibujo y que lo haya utilizado para ilustrar sus recuerdos me parece digno de todo elogio. Con su permiso, estoy seguro de que utilizaré más de uno para ilustrar algún que otro recuerdo.

Enhorabuena pues a Quilín por el libro y felicidades a todo el pueblo por tener un documento así.

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Adenda del 13 de julio del 2011: Mi hermano Ricardo me cuenta un recuerdo anterior a esa anécdota del frontón que me unió tanto tiempo y tan negativamente a Quilín, y que va justamente en sentido contrario. Me cuenta mi hermano que siendo yo muy niño tenía una bicicleta de ruedas sin neumáticos (que puede verse en la última foto del post 43) con la que daba vueltas y vueltas a la plaza. Pues bien, cuando Quilín pasaba por la plaza camino de las escuelas donde debía de dar clases particulares de química en verano, solía quedarse siempre mirándome con admiración y cariño. Qué chaval tan majo, -supone que diría.

Y qué bueno es que un recuerdo lleve a otro, que una historia lleve a otra o que un punto distinto nuevo nos cuente su versión, para que veamos lo múltiple y rica que es la realidad en que vivimos y nos evite caer en la tentación de la simpleza. 
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(27jn11)

109. LOS RIAÑO GOMEZ



Una de las alegrías que me proporciona este blog es recibir de vez en cuando cartas de personas que lo encuentran por casualidad en internet y que agradecen el ver fotos viejas del pueblo y caras conocidas de hace años, o como fue en este caso, al encontrarse a sí mismos en alguna de las fotos ya publicadas.

A propósito de la foto que puse en el post del Album de Ignacio Martínez Gómez, el pasado mes de Enero me escribió Luis Miguel Riaño Gómez y como su carta es sencilla y concisa, y nos da todos los datos que a mí me gustaría contar, la transcribo sin mayor reparo:


Estimado Juan:
                            No se si te acuerdas de mi, yo soy Luis Miguel Riaño, hijo de Veguchi de Anguciana (hermana de Purificación Gómez, la de la tienda de enfrente de la fuente), solía ir desde Burgos todos los veranos a Anguciana y era amigo de tus hermanos Ricardo y María Pilar, mis vacaciones las compartía entre Sajazarra (pueblo de mi padre) y Anguciana, por eso estaba menos tiempo en Anguciana que mi hermano gemelo José Daniel.
                            También tuve la oportunidad de conocer a toda tu familia, cuando estuvimos trabajando en tu casa (era el cuartel de operaciones) preparando toda la infraestructura de la Tómbola para las misiones, que montamos un verano en las escuelas, entonces te llamaban Juanchu y guardo muy buenos recuerdos de ese tiempo. 
                            Deseo felicitarte por el blog tan estupendo que tienes sobre Anguciana. Como en el mismo hay comentarios tuyos sobre mi primo José Ignacio  Martínez Gómez y una foto y en la que estoy yo, según dices después de tanto tiempo, resulta difícil identificar a los componentes de la misma, te envío las notas adjuntas, para tratar de poner un poco de luz.
                            Me alegra saber de ti, aunque haya sido casualmente por medio de Internet y espero que en algún momento nos podamos saludar personalmente. Da muchos recuerdos a la familia en especial a tus hermanos Ricardo y María Pilar.
                            Un fuerte abrazo.


Por supuesto que me acordaba de él y de su hermano gemelo José Daniel, y también de su hermana y de su primo Pedro Mari, así que a vuelta de correo le mandé un abrazo para todos. Cual no sería mi sorpresa (y mi dolor) cuando me dijo que tanto José Daniel, como Pedro Mari habían fallecido hace años. Como de Pedro Mari tenía yo un par de fotos que seguramente él no tendría, se las mandé, y a cambio le pedí que me enviara alguna de su hermano José Daniel, a quien me gustaría recordar en este blog.

Luis Miguel me remitió la foto familiar que he puesto arriba y que a muchos ha de traer más de un buen recuerdo porque si algo creo recordar de esta pareja de gemelos era lo entusiastas y alegres que eran.

Me dijo Luis Miguel que ahora vive en Alcalá de Henares y que si alguna vez caía por allí, no dejara de llamarle. También en estas navidades (creo que lo he contado) me escribió un hijo de Pablo "Caín", nieto de la Petra, y me dijo que vivía en Torrejón de Ardoz, justo al lado de Luis Miguel, así que ya me voy haciendo un mapa de estrellas con la gente de Anguciana (o con raíces en nuestro pueblo) que corre por el mundo.

Pongo las dos fotos que le envié a Luis Miguel en las que aparece Pedro Mari, en una con mis hermanos Alberto y Ricardo, y en la otra con otro amigo o pariente cuya cara me suena pero que no logro identificar.



Lo mismo se reconoce al verse, me escribe, y añado otra estrellita al mapa.

(7fb12)