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37. UN CONCURSO DE PESCA



Y digo “uno” porque no recuerdo que se hiciera ningún otro. También hay mesa y copas, como en los torneos de de tiro al plato, pero el escenario de entrega de los trofeos está obviamente junto al río Tirón y tiene como excepcional fondo el conjunto que configuraron en su momento el puente, el frontón y el castillo.

De aquella ocasión no tengo más que una sola foto así que me entretendré en comentar algo sobre sus protagonistas.

Empezando por la izquierda tenemos nada más y nada menos que a Pedro López de Heredia, que supongo que habría donado alguna de las copas. A su derecha está también otro personaje ajeno al pueblo pero muy conocido en la provincia, el industrial de forjados Juan Jimeno (apodado por ello como “viguetas”). Las dos chicas debían ser las reinas de las fiestas (o la reina y la dama de honor). A continuación y en segundo plano está mi padre, o sea, el alcalde, y delante de él otros dos organizadores venidos de fuera que no conozco.

Lo que es gracioso de esta foto es que el chiquillo que aparece arriba y por detrás de la escena estaba también en la última foto del anterior post: es el hijo de “sienteantonios” que ya estaba más crecido.
Pero el que no cambia es el autor de las fotos: nuestro gran reportero, Calleja.

(14my08)

41. LAS NUEVAS ESCUELAS




Hay cosas en las que ser pionero o ir en vanguardia no es precisamente un mérito sino todo lo contrario: por ejemplo, en sacar las escuelas de los centros urbanos. Lo que ahora ha pasado en Logroño con los Maristas, pasó en Anguciana hace más de cuarenta años: al llevarse las Escuelas a las afueras del pueblo, la plaza se quedó para siempre sin el bullicio diario del ir y venir de los niños, o sin sus juegos de los recreos y... hasta sin el cántico matinal del Cara al Sol que se entonaba antes de entrar a la Escuela mientras don Sixto izaba la bandera (¡qué cosas vienen con los recuerdos!).

Lo que es evidente es que, a pesar de su modestia, la línea arquitectónica de las nuevas escuelas era declaradamente “moderna”: dos aulas en planta baja con amplios ventanales orientados a Sur y abiertos a un terreno de recreo con unos soportales a cada lado para guarecerse en caso de lluvia. Nada que ver con el viejo caserón de la plaza que hemos visto en las primeras entradas de este blog.

El traslado a las nuevas Escuelas se produjo en el curso 1962-63. Y lo recuerdo perfectamente porque fue el curso en que don Sixto abandonó Anguciana después de haber sido su maestro durante casi medio siglo, y porque fue mi último año en la Escuela, es decir, el año en que me preparé para el examen de ingreso en el Bachillerato. Vayamos por partes.

Don Sixto vivía encima de las viejas escuelas con una criada de mucha edad llamada Toribia, quien, según me contó mi padre, había sido también la criada de don Isidoro, el cura anterior a don Gregorio. Pobre Toribia. Era una mujer, pequeña, alegre y bien dispuesta, y los chiquillos la teníamos en mucha estima por el contraste que representaba con el autoritario don Sixto. No estoy seguro de si su jubilación y el traslado se hicieron justo a la vez, pero lo que sí recuerdo es que el nuevo maestro ya no ocupó la vieja casa de la Escuela sino que encontró pensión o habitación en la casa de Maxi (la de la Caja de Ahorros) en la carretera. El nuevo maestro, Carlos Miguel se llamaba, o algo parecido, era un tipo joven, alto y muy majo que no duró en el pueblo ni un curso entero. A mitad de año se fue y vino otro maestro llamado don José, algo más bajo y moreno. A Vale (el hijo de Poli), a José Mari (Capita) y mí, nos prepararon entre los tres para el temible “examen de ingreso” pero Capita se fue a un convento y Vale, no sé porqué no se presentó, así que al final fui yo solo al Instituto Sagasta de Logroño, donde demostré lo sólida que había sido mi formación en la Escuela de Anguciana a pesar de tanto cambio de maestro.

Aquel primer maestro, Carlos Miguel (o como se llamara) puso de moda el juego con balón de “tirar a dar” sacando así partido al espacio encementado que quedaba entre la trasera del cine y la trasera de las Escuelas. Pero a pesar de la innovación, los chiquillos nos las arreglamos como pudimos para adaptar el espacio y las paredes del porche de la nueva Escuela a nuestro tradicional “primi” del juego de pelota a mano.

Tampoco don José debió de durar mucho, pero de eso ya no puedo contar apenas nada porque tras aprobar el ingreso yo me fui a estudiar el bachillerato interno a Santoña y ya sólo volvía al pueblo por vacaciones. Lo que si sé es que los nuevos maestros vivieron ya en las casas que se construyeron para ellos detrás de la casa del médico.

Para la exposición de 1993 alguien cedió estas dos fotos de aquellos grupos de niños todavía bien grandes de los años sesenta en las nuevas escuelas (las subo con un tamaño mayor de lo normal para que las puedan descargar quienes no las tengan).




También tengo una foto muy bonita de la calle por la que se accedía a las Escuelas, la calle que luego se llamaría de Carrero Blanco. La casa de la madre de Amador que se ve en primer plano tenía todo el estilo de un “chalet”, y las grandes acacias que allí había le daban a la calle un aire de “ciudad jardín” que luego acabaría perdiendo.




(24my08)

44. DON GREGORIO Y EL LATIN



Durante el funeral y el entierro de la Hilaria que mencionaba en la anterior entrada, sentí varias veces (en la iglesia y en el cementerio) que al ritual le faltaba algo que yo había conocido en mi infancia de Anguciana. Mientras que los dos sacerdotes, Félix y José Luis, se esforzaban por hacernos entender en nuestra lengua lo que es completamente ininteligible, esto es, la muerte y la vida eterna, me dio por pensar que cuando Anguciana era Anguciana, teníamos también un lenguaje para hacer más coherentes estos ritos, es decir, un lenguaje tan incomprensible como la muerte y la vida eterna: el latín. Recordé entonces que aquel lenguaje mágico y ritual se fue con Don Gregorio a finales de los años sesenta, y que por eso debía también dedicar un artículo al último cura que rezó en latín en nuestro pueblo.

Nada más entrañable para ello que este par de fotos de Calleja que guardamos en casa porque en ellas aparece mi hermano Ricardo ayudándole a misa.



Ahora que se habla tanto del bilingüismo para saber expresarse en un idioma local y otro más universal, me resulta divertido pensar que en aquella Anguciana anterior a la modernidad (y al Concilio Vaticano Segundo) todo el mundo sabía decir “Kyrie Leison, Agnus Dei cui tolis pecata mundi, Dominus Vobiscum” etc. (lo pongo como suena porque es como lo sabíamos), y todo el mundo entendía perfectamente el “Requiem in cantim pacem”, aunque nadie (excepto don Gregorio y los curas del convento) supiéramos lo que significaban. O mejor dicho, sí sabíamos lo que significaban: era el lenguaje para hablar con la divinidad, con el más allá, con lo más eterno y universal. Y por eso sentíamos que los curas eran los auténticos representantes de todo ello en el pueblo: porque hablaban ese extraño lenguaje.

Disquisiciones al margen, mis recuerdos más lejanos de don Gregorio son viéndole pasear con su breviario en la mano por la solana de la casa de los Ballugeras y de Julio el loco en la misma plaza, o volviendo con el mismo breviario en la mano del llamado Paseo de los Curas por debajo de las laderas del río Ea. Luego dejó la plaza y se instaló en la casa de los Medranos de la calle Arriba, casa donde nació mi padre cuando mis abuelos dejaron el castillo en manos de los frailes. Le recuerdo también a don Gregorio en el jardín de aquella casa, sentado junto al pozo, leyendo LA NUEVA RIOJA, periódico al que seguramente sólo él en el pueblo estaba suscrito. El latín de su breviario y el periódico regional eran pues sus fuentes secretas de contacto con el exterior del pueblo.

Si como conté unas entradas atrás, a don Sixto le atendía la Toribia, a don Gregorio le asistía su hermana, la también simpática y servicial Paulita, quien en los últimos años de su vida nos regaló con una de las extravagancias más divertidas que recuerdo de aquellos años: el tinte morado de las sienes plateadas de don Gregorio.

En fin, acabo ya este pequeño refrito de pensamientos, fotos y recuerdos contando que cuando el cortejo fúnebre de la Hilaria se dispersó por nuestro cementerio y cada cual se fue a la tumba de sus seres queridos, mi hermano Ricardo y yo hicimos lo propio, y al quedarnos en silencio ante el rincón donde reposan nuestros familiares, de lo más recóndito de mi memoria me salió decir para mis adentros: Pater noster qui est in chelis, santificetur nomen tuum, advenian regnun tuum, fias volutas tuas, sicun in chelo et in terra…, palabras que apenas sé lo que significan y que seguramente no estarán bien escritas, pero lo que sí sé es que son palabras que me llenaron de emoción.

(2jn08)

45. DON HONORATO




Tras haber hablado varias veces en este blog sobre el maestro, don Sixto, y ocuparme en la anterior entrada del último cura del latín, don Gregorio, justo es dedicar también un artículo al médico de aquel pueblo de mi infancia, don Honorato. Y como esta es la mejor foto que guardo de él, la pongo como cabecera. Está tomada a la salida de la boda de Adita, la hija mayor de Joaquín Angulo, y aunque no puedo precisar la fecha, es de finales de los sesenta (se puede apreciar que en aquel momento se estaba derribando la casa blasonada que estaba junto a la iglesia y que vimos en la entrada n.3, “La plaza de la iglesia”). Además de don Honorato, podemos ver a su mujer, Conchita, y a mi tía Pilar, y detrás de ellos y a la izquierda del foto, a Lola Mendoza.

Don Honorato vino a Anguciana desde Fuentecantos, un pueblecillo soriano que está bajando Piqueras a la izquierda, y cuando se fue de Anguciana retornó a Castilla la Vieja. La última vez que le ví fue en Zamora en el verano de 1982, donde seguía su sana costumbre de dar largos paseos con su mujer. Mi padre siempre decía que el carácter castellano, serio, riguroso y cumplidor de don Honorato, no tenía nada que ver con la idiosincrasia riojana, mucho más alegre y dicharachera, y que por eso no era suficientemente apreciado por la gente de nuestro pueblo. Pero yo siempre creí que nuestro pueblo y don Honorato encajaban a la perfección porque el médico era el máximo representante en Anguciana de la ciencia, y porque los mejores valores que podían representar a esa rama del saber eran precisamente los suyos, fueran o no personales, o provinieran o no de su origen castellano. Yo siempre sentí un gran respeto y cariño por don Honorato, entre otras cosas porque me libró de ir al otro barrio a los seis años gracias a todo un verano de inyecciones de penicilina diarias para curarme una grave afección cardíaca, y porque debido a la amistad con su hijo “Atín”, su casa (El Centro de Salud e Higiene de la carretera) fue mi segunda casa.

Y ya que hablo del "hijo del médico" pongo también esta otra foto que Calleja hizo a la salida de la boda de Adita en la que podemos ver de izquierda a derecha a Atín (de Honor-atín), a mis hermanos Pili, Ricardo y Mercedes, y a Santiago y Juan Ramón. Aparte del interés meramente personal, esta foto tiene también su gracia porque ilustra aquel primer momento de confusión sobre la longitud más adecuada de la falda para estar a la moda.



Mi padre y el nuevo Secretario acudieron también a la boda. Pero lo que más me gusta de esta otra foto es que a la derecha del Secretario se puede ver a Nicanor, ya muy viejecito, sentado en la puerta de su casa, y junto al quicio de la puerta, a su mujer.


La última foto que tengo de aquel día es ya del banquete, y además de Atín y mis hermanos mayores, aparecen en ella la guapísima novia y otros dos invitados, Joaquinín y Eduardito.


No sé dónde debía parar yo para no estar en la boda, pero gracias al estupendo testimonio de estas fotos es como si hubiera estado en ella; y volviendo al comienzo de esta entrada...., como si siempre pudiera volver a ver igual de joven y risueño a aquel querido médico de Anguciana: don Honorato.

(9jn08)