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44. DON GREGORIO Y EL LATIN



Durante el funeral y el entierro de la Hilaria que mencionaba en la anterior entrada, sentí varias veces (en la iglesia y en el cementerio) que al ritual le faltaba algo que yo había conocido en mi infancia de Anguciana. Mientras que los dos sacerdotes, Félix y José Luis, se esforzaban por hacernos entender en nuestra lengua lo que es completamente ininteligible, esto es, la muerte y la vida eterna, me dio por pensar que cuando Anguciana era Anguciana, teníamos también un lenguaje para hacer más coherentes estos ritos, es decir, un lenguaje tan incomprensible como la muerte y la vida eterna: el latín. Recordé entonces que aquel lenguaje mágico y ritual se fue con Don Gregorio a finales de los años sesenta, y que por eso debía también dedicar un artículo al último cura que rezó en latín en nuestro pueblo.

Nada más entrañable para ello que este par de fotos de Calleja que guardamos en casa porque en ellas aparece mi hermano Ricardo ayudándole a misa.



Ahora que se habla tanto del bilingüismo para saber expresarse en un idioma local y otro más universal, me resulta divertido pensar que en aquella Anguciana anterior a la modernidad (y al Concilio Vaticano Segundo) todo el mundo sabía decir “Kyrie Leison, Agnus Dei cui tolis pecata mundi, Dominus Vobiscum” etc. (lo pongo como suena porque es como lo sabíamos), y todo el mundo entendía perfectamente el “Requiem in cantim pacem”, aunque nadie (excepto don Gregorio y los curas del convento) supiéramos lo que significaban. O mejor dicho, sí sabíamos lo que significaban: era el lenguaje para hablar con la divinidad, con el más allá, con lo más eterno y universal. Y por eso sentíamos que los curas eran los auténticos representantes de todo ello en el pueblo: porque hablaban ese extraño lenguaje.

Disquisiciones al margen, mis recuerdos más lejanos de don Gregorio son viéndole pasear con su breviario en la mano por la solana de la casa de los Ballugeras y de Julio el loco en la misma plaza, o volviendo con el mismo breviario en la mano del llamado Paseo de los Curas por debajo de las laderas del río Ea. Luego dejó la plaza y se instaló en la casa de los Medranos de la calle Arriba, casa donde nació mi padre cuando mis abuelos dejaron el castillo en manos de los frailes. Le recuerdo también a don Gregorio en el jardín de aquella casa, sentado junto al pozo, leyendo LA NUEVA RIOJA, periódico al que seguramente sólo él en el pueblo estaba suscrito. El latín de su breviario y el periódico regional eran pues sus fuentes secretas de contacto con el exterior del pueblo.

Si como conté unas entradas atrás, a don Sixto le atendía la Toribia, a don Gregorio le asistía su hermana, la también simpática y servicial Paulita, quien en los últimos años de su vida nos regaló con una de las extravagancias más divertidas que recuerdo de aquellos años: el tinte morado de las sienes plateadas de don Gregorio.

En fin, acabo ya este pequeño refrito de pensamientos, fotos y recuerdos contando que cuando el cortejo fúnebre de la Hilaria se dispersó por nuestro cementerio y cada cual se fue a la tumba de sus seres queridos, mi hermano Ricardo y yo hicimos lo propio, y al quedarnos en silencio ante el rincón donde reposan nuestros familiares, de lo más recóndito de mi memoria me salió decir para mis adentros: Pater noster qui est in chelis, santificetur nomen tuum, advenian regnun tuum, fias volutas tuas, sicun in chelo et in terra…, palabras que apenas sé lo que significan y que seguramente no estarán bien escritas, pero lo que sí sé es que son palabras que me llenaron de emoción.

(2jn08)

68. LA BIBLIOTECA

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Unas más otras menos, todas las casas del pueblo encierran miles de historias personales y familiares, decenas de empeños por mejorarlas o momentos de decadencia, ruina y abandono que nunca podrán ser contadas o recogidas por escrito. Pero de vez en cuando alguna historia cae y es una alegría contarla.

Hace unos días me llamó Germán Ibaibarriaga (el albañil del pueblo, hijo del albañil y cantero Germán Ibaibarriaga y nieto de canteros venidos del país vasco y afincados en Briones tal y como dice en el libro “Canteros vascos en la Rioja”/ toda una tradición pues y un lujo para Anguciana) y hablé con él por teléfono, -decía-, para unas obras en nuestra casa, y ya de paso y para quedar me dijo que me pasara "por la biblioteca" para ver unas pinturas decorativas que había descubierto en unas obras que estaba haciendo en ella.

Mi primera reacción fue de sorpresa: “pero, ¿a qué biblioteca te refieres?” ¿ha habido alguna vez una biblioteca en Anguciana?. “Pues a la de vuestra casa –me respondió-, o a la de vuestros parientes aquellos de Valladolid” Ah ah ah, ahora, caigo, le respondí, y allí me presenté. Si yo no recordaba de buenas a primeras lo que era “la biblioteca” como para saberlo el resto de la gente de Anguciana. Bueno, pues aquí cuento lo poco que sé.



El número 17 de la calle Arriba, esa casa con escudo de terracota y miradores en ruina es una casa muy singular. Siendo yo niño era la casa de del cura, la casa donde vivía don Gregorio con su hermana la Paulita, y en su jardín y junto al pozo, le recuerdo a él leyendo por las tardes el periódico Nueva Rioja tal y como he contado en algún otro post de este blog. Cuando murió don Gregorio, y yo en mi adolescencia empezaba a tener uso de razón, supe que esa casa era de unos familiares que vivían en Valladolid, pero sobre todo llegó a mi conocimiento que había sido la casa en la que había nacido mi padre, la casa a la que se trasladaron mis abuelos Francisco y Dolores cuando hacia 1915 vendieron el castillo a los frailes.



Aparte de la casa propiamente dicha que da a la calle arriba, el inmueble tenía un hermoso patio con un pozo, unas cocheras que daban a la calleja trasera y un pequeño edificio lateral con fachada de piedra de sillería con fachada al patio, que por lo visto había sido una coqueta biblioteca.



Los años de mi adolescencia fueron años de veraneantes y alquileres, y por aquel entonces mi padre administró toda esa propiedad para los parientes de Valladolid dividiéndola en partes y alquilándola a diversas familias de bilbaínos, casas o pisos bastante deficientes pero que sin duda los recordarán sus inquilinos con cierto cariño y nostalgia. La casa del cura, o la casa donde nació mi padre, pasó a llamarse entonces la “casa de los Medrano” (que era como se llamaban los parientes de Valladolid) y una de esas partes, la biblioteca, se convirtió también en un piso con entrada independiente por la trasera.

Las pinturas que me enseñó Germán estaban hechas en un cielo raso abovedado del que colgaba otro cielo raso plano hecho posteriormente, así que mucho no se podía ver, pero en cualquier caso por ese pequeño resquicio pude respirar durante un momento el aroma a libros viejos, a gusto decimonónico, y a un pequeño lujo arquitectónico. Y cómo no, pensé enseguida en compartirlo con todos los amantes de Anguciana haciendo unas fotos y contando estas historias

En el cajón de fotos antiguas he encontrado también una foto muy pequeñita de uno de los balcones de aquella biblioteca por la que se dejan entrever unas líneas en la oscuridad que se corresponden con las de la decoración que cuento hoy aquí. Como escribió mi padre al pie de la propia foto, en ella están sus dos hermanas mayores y él hace... muchos, muchos años. Y como se puede ver en ese pie de foto, también escribió en él: “balcón bliblioteca, Anguciana.



(10jl10)