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9. LA FUENTE



En Anguciana, como en muchos otros pueblos y ciudades, se establece una interesante pugna o dualidad entre las plazas creadas como antesala de los edificios públicos (ayuntamiento, iglesia, escuelas) y las plazas que surgen espontáneamente como puntos de encuentro entre distintas calles. Y así, frente al doble espacio formado por la Plaza de la Constitución (2) y la Plaza de la Iglesia (3), el gran espacio en que confluían la “Calle Arriba”, “Las Callejas”, la “Calle de la Iglesia” y la carretera de Haro al Montón de Trigo ha sido desde siempre su “otra plaza”, una plaza menos representativa pero mucho más animada en cuanto a trasiego de gentes y vehículos.

Hasta que en los comienzos de los años sesenta se pavimentara y se crearan los jardincillos que tras varias alteraciones han llegado hasta nuestros días, (creo que fue la primera gran obra de mi padre como alcalde), esta plaza era un gran paramal de tierra o de barro (según la climatología), cuyo único punto construido y arbolado era la fuente del pueblo y el banco que la rodeaba, situada en la confluencia geométrica entre la calle Arriba y la calle de la Iglesia, al sur de la carretera .

De aquella entrañable fuente sólo teníamos en mi familia la foto de arriba, en la que se ven sentadas a mis dos tías (María y Pilar) y de pié en la escalera, a Mercedes Izquierdo. El fondo de la foto es la “Calle Arriba”, en la que hay un par de carros aparcados con varios "bocois" encima.

Pero en la exposición de 1993 se recogieron por el pueblo algunas más, y tuve la suerte de hacerme con unas fotocopias de las mismas. Son estas tres que vemos aquí abajo, en las que no reconozco a las personas. El fondo es siempre la Calle de la Iglesia, y transversalmente, la carretera.






Además de estas cuatro fotos, en la mencionada exposición hubo una foto de tipo personal en la que se ve al fondo el conjunto de acacias de bola que rodeaban la fuente.



Lo curioso es que no haya ni una foto del gran espacio vacío (polvoriento o barrizal) que iba desde la calle Arriba hasta las Callejas (y su primitivo“badén” con la carretera”), con todo el frente de la “posada” y las dos casas con soportales como fondo de escena. Es una pena. En todo caso, ese frente de casas lo veremos muchas veces en las fotos de los nuevos jardincillos.

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50. LOS PERROS



Como no tengo apenas fotografías de los caballos, mulos y burros que había en el pueblo, siendo seguramente estos los animales más importantes para el transporte y las faenas agrícolas; y como tampoco tengo fotos de esas estampas tan bonitas de perros vagabundeando sueltos por el pueblo, que es como a mi siempre me ha gustado verlos, voy a acabar esta pequeña serie de los animales que convivían con nosotros en Anguciana mostrando algunas fotos familiares en la que los perros eran siempre como uno más de la familia. Y es curioso que sea así porque una de las muestras más curiosas del afecto por los perros es que casi siempre se les incluía en las fotos.

Cada casa tenía su perro o sus perros y los más callejeros eran conocidos en todo el pueblo por la relación con sus amos lo que solía dar lugar al siempre irónico y a veces injusto refrán de que “tarde o temprano el animal se parece al amo”.

Además de ser conocidos por sus nombres, los perros han pervivido largo tiempo en la memoria de sus dueños. Es por ello que pongo aquí los perros que hubo en casa de mi abuelo, porque aunque yo nunca los conocí, he oído hablar mucho de ellos y los he visto en las fotos que se guardaban en casa. La imagen con la que abro este post es de una foto de mi abuela Dolores con una perrita pequeña que tenía que se llamaba “la petit”, aunque también tenían otros dos perros más, “el turco” y “el terrible”. El primero de ellos era tan venerado por mis tíos que hasta le hicieron una fotografía como único protagonista. En la otra que pongo a continuación pueden verse a mi tío Pedro Pablo y a mi padre con “el terrible” y “la petit” y con un pequeño cachorrillo a los pies de ésta.


La forma tradicional de deshacerse de las largas camadas de las perras es uno de los recuerdos más dolorosos de mi niñez porque jamás digerí bien lo de que se les tirase al río a las pocas horas de nacer. Pero era ley de vida porque los perros se reproducían según leyes que ya no casaban con su naturaleza urbana. “La dali”, una perrucha callejera que tuvimos en la infancia nos hizo sufrir mucho con el trágico destino de sus numerosas camadas, pero ahí la tenemos con nosotros en dos preciosas fotos familiares que nos hizo Jaime Marín. En la primera, donde posamos los cinco hermanos mayores, aparece cogida "la dali" por mi hermano Ricardo que es quien la trajo a casa; en la segunda imagen, tomada en una de las últimas veces en que se reunieron en Anguciana todos mis tíos con sus mujeres, es la prima Elvira, hija del tío Justo, quien hace posar a “la dali”.



El último perro que tuvimos en casa fue “el tolo” y el culpable de su adopción fui yo, que me lo traje de unas vacaciones en Villoslada. Era una extraña mezcla de pastor alemán y cocker spaniel con lo que nos salió un animal tan bruto y noble como cariñoso. No sé si se podrá decir que esos atributos sean los de su amo, pero algunas veces no digo que no me cuadren.



La foto es de 1974 y en ella se ve a mi padre tratando de educarle (un gesto por el que también me siento identificado con mi perro...).

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68. LA BIBLIOTECA

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Unas más otras menos, todas las casas del pueblo encierran miles de historias personales y familiares, decenas de empeños por mejorarlas o momentos de decadencia, ruina y abandono que nunca podrán ser contadas o recogidas por escrito. Pero de vez en cuando alguna historia cae y es una alegría contarla.

Hace unos días me llamó Germán Ibaibarriaga (el albañil del pueblo, hijo del albañil y cantero Germán Ibaibarriaga y nieto de canteros venidos del país vasco y afincados en Briones tal y como dice en el libro “Canteros vascos en la Rioja”/ toda una tradición pues y un lujo para Anguciana) y hablé con él por teléfono, -decía-, para unas obras en nuestra casa, y ya de paso y para quedar me dijo que me pasara "por la biblioteca" para ver unas pinturas decorativas que había descubierto en unas obras que estaba haciendo en ella.

Mi primera reacción fue de sorpresa: “pero, ¿a qué biblioteca te refieres?” ¿ha habido alguna vez una biblioteca en Anguciana?. “Pues a la de vuestra casa –me respondió-, o a la de vuestros parientes aquellos de Valladolid” Ah ah ah, ahora, caigo, le respondí, y allí me presenté. Si yo no recordaba de buenas a primeras lo que era “la biblioteca” como para saberlo el resto de la gente de Anguciana. Bueno, pues aquí cuento lo poco que sé.



El número 17 de la calle Arriba, esa casa con escudo de terracota y miradores en ruina es una casa muy singular. Siendo yo niño era la casa de del cura, la casa donde vivía don Gregorio con su hermana la Paulita, y en su jardín y junto al pozo, le recuerdo a él leyendo por las tardes el periódico Nueva Rioja tal y como he contado en algún otro post de este blog. Cuando murió don Gregorio, y yo en mi adolescencia empezaba a tener uso de razón, supe que esa casa era de unos familiares que vivían en Valladolid, pero sobre todo llegó a mi conocimiento que había sido la casa en la que había nacido mi padre, la casa a la que se trasladaron mis abuelos Francisco y Dolores cuando hacia 1915 vendieron el castillo a los frailes.



Aparte de la casa propiamente dicha que da a la calle arriba, el inmueble tenía un hermoso patio con un pozo, unas cocheras que daban a la calleja trasera y un pequeño edificio lateral con fachada de piedra de sillería con fachada al patio, que por lo visto había sido una coqueta biblioteca.



Los años de mi adolescencia fueron años de veraneantes y alquileres, y por aquel entonces mi padre administró toda esa propiedad para los parientes de Valladolid dividiéndola en partes y alquilándola a diversas familias de bilbaínos, casas o pisos bastante deficientes pero que sin duda los recordarán sus inquilinos con cierto cariño y nostalgia. La casa del cura, o la casa donde nació mi padre, pasó a llamarse entonces la “casa de los Medrano” (que era como se llamaban los parientes de Valladolid) y una de esas partes, la biblioteca, se convirtió también en un piso con entrada independiente por la trasera.

Las pinturas que me enseñó Germán estaban hechas en un cielo raso abovedado del que colgaba otro cielo raso plano hecho posteriormente, así que mucho no se podía ver, pero en cualquier caso por ese pequeño resquicio pude respirar durante un momento el aroma a libros viejos, a gusto decimonónico, y a un pequeño lujo arquitectónico. Y cómo no, pensé enseguida en compartirlo con todos los amantes de Anguciana haciendo unas fotos y contando estas historias

En el cajón de fotos antiguas he encontrado también una foto muy pequeñita de uno de los balcones de aquella biblioteca por la que se dejan entrever unas líneas en la oscuridad que se corresponden con las de la decoración que cuento hoy aquí. Como escribió mi padre al pie de la propia foto, en ella están sus dos hermanas mayores y él hace... muchos, muchos años. Y como se puede ver en ese pie de foto, también escribió en él: “balcón bliblioteca, Anguciana.



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114. LA VIEJA FUENTE



Ya dediqué a la vieja fuente una entrada al comienzo de este blog, concretamente la número 9, pero tiempo después encontré esta otra copia de la primera foto que puse allí, pero con mucha mejor definición. La he subido a tamaño original para que os la podáis descargar y hasta poner de fondo de pantalla en el ordenador. Hay que girarla un poco hacia la derecha porque al que hizo la foto se le fue un poco el nivel hacia la izquierda, pero por aquello de la más estricta fidelidad he preferido subirla así.

Por la edad de mi tía Pilar que es la chica que aparece sentada más a la derecha, pienso si el niño que está sentado al otro lado de la fuente no sería mi padre. Es muy posible. Como aparenta entre dos y cuatro años, la foto estaría hecha hacia 1919.

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