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53. VALE Y CAPITA

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El mismo día que cogí la cámara para hacer las fotos de la plaza vacía que puse en el post anterior, hice esta otra foto que traigo hoy aquí al blog. Está fechada por tanto en la Semana Santa de 1972 y aunque parece que no guarda ninguna relación con las anteriores, ahora creo que es parte de la misma historia. Vale y Capita eran compañeros míos en la Escuela y tengo de ellos un recuerdo muy vívido porque en el invierno de 1962-63 los tres nos preparamos juntos para el examen de “ingreso” al bachillerato.

De Vale (Valeriano) recuerdo especialmente el preciosismo de su letra. Me fascinaba lo bien que escribía con los primeros bolígrafos que cayeron en nuestras manos. Escribir bien es un arte que siempre he apreciado mucho y según tengo entendido, esa habilidad le venía de madre.

De Capita (bueno, se llama Jose Mari, pero creo que nadie en nuestra escuela le llamó nunca por su nombre de pila) tengo un recuerdo muy curioso. En aquel mismo curso en que nos preparábamos para el “ingreso”, apareció un fraile por la escuela (recuerdo que estábamos ya en las nuevas) para hacer propaganda de su orden y captar “nuevas vocaciones”. Tras su encendido sermón pidió que si había algún interesado en su seminario levantase la mano, y como allí no se movía un dedo y a mí me daba vergüenza o pena el poco éxito cosechado por el buen hombre, levanté tímidamente la mía arrastrando con mi gesto a mi compañero Capita. El caso es que mientras que yo no supe nada más de aquella orden y me fui a estudiar el bachillerato a un Instituto en Santoña, Capita, sin embargo, siguió al fraile y estudió con ellos una buena partida de años.

Cuando hice la foto que he puesto arriba, habían pasado por lo tanto diez años desde aquel curso preparatorio, y Vale, Capita y yo, cada uno por su camino, habíamos empezado a dejar atrás la infancia y el pueblo. Como la vieja plaza; o como la escuela donde nos preparamos para el ingreso.

La foto está hecha en la fachada del Bar de Poli, y en el borde derecho de la misma se puede ver a Gumer.

(25my09)

56. MARQUETA

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He releído recientemente “La broma”, esa gran novela de Milán Kundera del año 67 que nos recuerda en clave de humor, erotismo, esperanza y sobre todo, inteligencia, las miserias y horrores de las sociedades cerradas en que derivó el comunismo y que Kundera creyó que habían llegado a su fin a mediados de los sesenta. Aún tuvieron que pasar algo más de veinte años para la caída definitiva de aquel muro ideológico que las construyó y, lógicamente, Kundera no quiso soportarlos en su Checoslavaquia natal y huyó a Francia.

Pero no es de las tristes historias del siglo XX ni de las grandes novelas que motivaron de lo que trata este blog, sino de las pequeñas cosas de mi pueblo, así que, si he traído a colación este libro es simplemente porque la primera protagonista de la novela, la chica que no entiende la broma del narrador y le denuncia al Partido condenándole a una juventud desdichada en lo material pero fructífera en lo intelectual, se llamaba Marketa.

Pues bien, como la gente mayor del pueblo recordará, Marketa (o Marqueta, si lo castellanizamos) era el nombre con que conocíamos al autobús que en los años cincuenta unía Treviana con Haro y que tenía parada en Anguciana, justo delante de Poli. Más que autobús se decía “coche de línea”. Las paradas de Marqueta, sobre todo la de la tarde, cuando regresaba de Haro eran todo una acontecimiento en el pueblo. Y la hora del acontecimiento, las seis y pico de la tarde, porque si la memoria no me falla, salía de Haro a las 6 en punto.

Poco más me acuerdo de Marqueta y será difícil que alguien tenga una foto (quizás en Treviana...) de aquella tartana. Lo más cercano a mis recuerdos que he encontrado es esta foto de la parada de autobuses en la calle Bretón de los Herreros de Logroño que muestra tres autocares seguramente similares al que pasaba por Anguciana. De lo que tengo un vago recuerdo es del color del autobús: mi memoria visual me sugiere que era marrón con el nombre de la empresa pintado en amarillo.
Marqueta desapareció y la línea de autobuses pasó a denominarse Empresa Arribas, de color azul y blanco, autocar mucho más moderno, y con un chófer con bigotes al que le conocíamos sencillamente como Arribas. Así de fácil poníamos nombres en los pueblos. Y si así hicimos con Arribas, ahora me pregunto si Marqueta sería el nombre de la empresa o del chófer. Da igual. En todo caso, es y será para siempre el nombre de aquella entrañable institución, tan distinta, por cierto, de la protagonista de la novela donde lo he vuelto a encontrar.

Luego ya perdí el contacto con el transporte público de mi pueblo y lo único que sé que nos ha quedado de su evolución es esa ridícula parada de autobús con techo de plásticos curvos y amarillos, que está colocada junto a la tapia del convento y que hace daño a la vista.

(6jl09)